UN CUENTO Y UNA EXPERIENCIA REAL

Un empresario que caminaba por la playa le pregunta a un pescador por su trabajo y éste le dice que está recogiendo sus redes para volver a casa. El empresario empieza a sugerirle que dedique más tiempo a pescar para ganar más dinero, en vez de irse a casa al mediodía y estar toda la tarde con su familia. Luego, con ese dinero podría comprar barcos y contratar patrones y pescadores para producir mucho más, llegando así a tener lo que más deseaba: tener tiempo para disfrutar de su familia y de ver a sus hijos creciendo cada día.

Después de escucharlo, con paciencia de pescador, su respuesta fue clara: Gracias por sus consejos, pero no necesito hacer más cosas de las que hago si ya tengo todo lo que deseo. Ahora mismo me voy a pasar la tarde con mi familia.

Hay una experiencia real relacionada con este cuento. Un directivo le propone a un profesional brillante de su departamento un ascenso, que significaba cobrar un sueldo muy superior al que tenía, prometiéndole toda su ayuda para lograr lo que más deseaba en su carrera profesional. Le recuerda que hay trenes que sólo se pueden coger una vez en la vida y que sería una locura perder la oportunidad, ya que la única condición era seguir sus consejos y hablar sólo de lo que demostrara su lealtad a la empresa.

El profesional agradeció de entrada su oferta, pero dijo que no podía aceptarla por varias razones: la primera era cuidar su salud mental, que implicaba no separar su vida personal y profesional y que, como ya había comprobado, en los puestos más altos existía con frecuencia un soborno generalizado, en la medida que se obligaba a los profesionales a hacer lo que la empresa imponía, aunque uno no quisiera como persona. La segunda razón era que no quería ser cómplice de situaciones poco éticas y favorecedoras de injusticias, como reflejaba el abanico de salarios, donde una minoría se llevaba más de la mitad de la tarta y el resto debía resignarse con las migajas legales que le tocaban.

En pocas palabras, todo lo que me promete para ser feliz en el futuro, a costa de mi silencio, son sólo ilusiones irreales que, aunque se cumplieran, no me harían feliz. Para mí la única realidad es ser feliz ahora, viviendo en el presente y pudiendo pensar, sentir, decir y hacer lo que quiero en cada momento. Gracias por sus consejos, pero no puedo renunciar a tener mi propia palabra y prefiero hacer lo que dice mi ética.

Juan Antonio Saavedra Quesada
 

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